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Reportaje

Cuando le pedí la nota accedió sin problemas, “vení a mi oficina y charlamos” me dijo. “Es en San Martín y España”. La oficina, es la esquina de la calle, sórdida y con un ritmo inusual que acusa el golpe de la pandemia.

Es jueves, hay sol, pero apenas entibia. Marcelo no está sólo, a su lado está Ringo Super Star, un perro labrador de color negro y de dimensiones imponentes. Una señora mayor pasa caminando y se queda encandilada mirando a la mascota. “Parece un oso” me dice y sigue.

La vida de quien no sabe cómo será el próximo día, no sería fácil para el hombre corriente, pero Marcelo me dice “Lo que más me gusta es la libertad”.

Mientras hablamos pasan los autos, miran al músico y me miran a mí. Charlamos por casi una hora. Es momento de escuchar hablar de esa libertad, la que muchos anhelan y hacia la que muy pocos se animan a abrazar.  

La calle está más dura que nunca, el que se gana el mango día a día, acusa el costo de la crisis económica que provocó el macrismo y que la contingencia del Coronavirus profundizó a niveles impensados. Para el hombre rutinario sería un golpe de knockout, pero Marcelo sabe recibir golpes y volver a pararse. Así lo hizo en 2015 luego de un mes en coma.



“Perdí laburos buenos, laburé en La Anónima, laburé en lactina, laburé en una empresa de servicios petroleros, en Río Negro laburé en una empresa de frutas. Pero todos los laburos los perdí, por irresponsable más que nada. Yo soy un tipo que te puede andar bien una semana, dos semanas. Después me empieza a complicar la existencia, tener que depender de ir todos los días a un lugar para ganar una plata. Y a veces no es que no quiera ir, es que no puedo. Tengo otras cosas que hacer” reflexiona.

 

Su primer encuentro con una armónica fue en un bar, entró sin pagar esa noche y escuchó el recital de un músico. Alucinó. Juntó coraje y se acercó a hablarle, pero se armó una batahola con una mujer que quiso golpear al artista que recién se bajaba del escenario.

 

 

“En dos días aprendí a hacer el – bending –“cuenta. El cual es uno de los secretos más difíciles del instrumento. El resto se dio de manera natural, entre la armónica y él

 

“Este instrumento me cambio la vida. Yo aposté a este instrumento y aprendí a tocarlo bien. Yo vivo por y para el instrumento”.

 

La armónica se volvió un pasaje de ida a la vida nómade “He viajado por muchos lugares, sin un mango en el bolsillo, con lo puesto. Gracias a Dios me ha ido bien siempre”. Recuerda que tocó en distintos lugares, desde el extremo sur, en el Calafate, con un polaco. “Trabajábamos en la época del turismo, se ganaba muy buena guita, en dólares” añora.

También buscó paisajes serranos y vivió en Córdoba “estuve viviendo un año y medio y no le laburé un día a nadie. Solamente tocando la armónica en la calle, tocando en bares, dando clases. Gracias a eso, me pagaba un alquiler, en el barrio La Falda, cerca de La Cañada”.

También conoció el amor y el costo de su libertad “Conocí a una chica, me enamoré y me rompió el corazón la loca. Anduvimos mucho tiempo juntos, pero me dejó. No era rentable, no generaba tanta plata como para bancarla. Así que bueno, ahí me volví a mis pagos, en Comodoro”.

 

Volver del COMA

Era verano, recién iniciaba el mes de febrero de ese 2015.  Se hizo de noche y Marcelo se subió a la moto junto a un compañero. En un badén de km 8 fue el fin de la vida que conocía.

Perdió el control del manubrio y volaron hacia el asfalto. Su amigo perdió la vida y el, luego de un mes inconsciente volvió en sí. Producto del violento impacto perdió cerca del 50% de su visión. Un médico le extendió un certificado confirmando su imposibilidad de trabajar de manera formal.

“Después del palo ya no pude laburar más, tengo un título, el título de discapacitado” me dice en clave de humor negro. Su médico le recomendó usar lentes “Pero no tengo plata y tampoco me gustaría usar lentes. No quiero parecer un nerd. Si algún día tengo plata me voy a comprar”.

 

 

“Es una cosa bastante complicada no tener la vista bien” reflexiona con seriedad. El nervio óptico apenas sostiene un delgado contacto con cada globo ocular.  

 

Después del accidente “agarre la armónica de lleno. Antes tocaba la armónica de hobby, cuando no estaba laburando. No era feliz así, tenía laburos bueno, ganaba plata, pero de que me servía si no podía disfrutarla. Tenía que estar todo el tiempo adentro de un trabajo”.

 

 

Marcelo reclama que no cobra pensión por su discapacidad, ni tampoco recibió ninguna ayuda económica en el marco del COVID-19. Se aferra a su armónica y desconfía de la pandemia, pero tiene que salir a la calle a buscar el mango, haciendo lo que mejor sabe.

“Para ganarme el mango me había puesto a limpiar vidrios, cuando daba el semáforo y los autos pasaban me ponía a tocar la armónica para mí. Y un día uno que limpiaba conmigo me dice – ¿Por qué no tocas la amónica mejor?, te van a dar más plata –

“Cuando pruebo, el primer auto me pela un violeta, listo, esta es la mía dije. Me quedé tocando la armónica”.

Al ser nacido y criado, mantuvo cierto pudor por el “Qué dirán”. “Acá me conocen, me daba cagazo porque me van a ver. Uno trata de mantener una imagen siempre” explica. “Pero cuando te aprieta el bagre y no tenés para comer, ¿Sabes la imagen donde te la metes? Me puse a laburar y la gente me colabora”.

“Antes laburaba con un equipito de música, pero está roto. Yo tocaba la armónica con una pista y no sabes cómo cambia. Canto, no te digo que canto bien… hacía unos temas de Pappo. Pappo estaría revolcándose – risas.”

“Un día una mujer para en el semáforo y me da $1.000. Una mujer grande, lo vi al billete y pensé que capaz se había equivocado. Le aviso, señora ¡me dio $1.000!” La sorpresa no terminó ahí “Ya se” le contestó la señora “vos te mereces eso y mucho más me dijo”.

 

“Sin el equipo es más difícil, con la armónica sola no luce tanto cómo con el acompañamiento de una pista musical” me dice. Su objetivo es poder reparar o comprar un nuevo parlante con el cual seguir tocando.

Marcelo vive de a uno los días, vive libre mientras su armónica enlaza una nota con otra. En su oficina de España y San Martín hay hojas de otoño que parecen correr impulsadas por el viento, en libertad.

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